Escuchar a los niños y niñas no es suficiente. La participación de calidad debe garantizar cuatro condiciones básicas: espacio, voz, público e influencia. La participación infantil se aprende y evalúa.
La participación de niños, niñas y adolescentes ha sido un derecho reconocido durante más de treinta y cinco años. La Convención sobre los Derechos del Niño, adoptada en 1989, establece que la infancia tienen derecho a expresar su opinión sobre todos los asuntos que les afectan y que esta opinión debe ser tomada en cuenta. Desde entonces, muchos municipios han dado pasos importantes: se han creado consejos de niños y niñas, consejos de adolescentes, espacios de consulta, procesos participativos y diversas experiencias para incorporar la perspectiva de niños/as y adolescentes en la vida local.
La paradoja de escuchar sin consecuencias
Este progreso es real y debe ser reconocido, pero también hay que decir que todavía existe una distancia significativa entre el reconocimiento formal del derecho y su realización efectiva.
Demasiadas veces, la participación infantil queda atrapada en una paradoja: hay espacios para escuchar a los niños y niñas, pero no siempre existen mecanismos para que lo que dicen tenga consecuencias reales. Y probablemente este sea el principal desafío.
Participar va más allá de dar la palabra. No se trata solo de convocar una sesión, crear una dinámica o recopilar propuestas. La participación de calidad debe garantizar cuatro condiciones básicas: espacio, voz, público e influencia. En otras palabras, los niños y las niñas deben tener espacios seguros y adaptados para expresarse; deben ser capaces de construir su propia opinión con suficiente información; deben ser escuchados por personas con verdadera capacidad de toma de decisiones; y, sobre todo, deben ser capaces de ver que lo que han dicho ha sido considerado y ha tenido algún efecto.
"La participación de calidad debe garantizar cuatro condiciones básicas: espacio, voz, público e influencia".
Sin este último elemento, la participación corre el riesgo de convertirse en una puesta en escena. Los niños y niñas hablan, las personas adultas escuchan o aplauden, pero todo sigue igual. Y cuando esto ocurre, el mensaje que reciben niños/as y adolescentes es profundamente contradictorio: se les dice que su voz importa, pero la experiencia les muestra que no transforma nada. Este aprendizaje no es inofensivo. Cuando un niño participa en un espacio municipal y percibe que sus contribuciones no tienen camino, puede acabar aprendiendo justo lo contrario de lo que se pretende: que participar es inútil, que las decisiones se toman en otro lugar.
La participación se aprende y se construye
La participación no aparece espontáneamente. La participación se aprende, se entrena y se construye: implica diseñar procesos que nos permitan pensar colectivamente, gestionar desacuerdos, escuchar voces diversas y crear condiciones para la participación de aquellos niños/as y adolescentes que normalmente no hablan, que no se sienten legitimados para hacerlo o que nunca han tenido la oportunidad de ser escuchados. Esto también es una cuestión de igualdad; si la participación no es inclusiva, corre el riesgo de reproducir las desigualdades que dice querer transformar.
Por esta razón, el asesoramiento para niños, niñas y adolescentes tiene un valor que va mucho más allá de la consulta. No son una actividad extracurricular ni un taller puntual por la tarde. Son procesos sostenidos, que duran meses y a menudo de año en año. Son espacios donde los niños/as aprenden a conocer a su municipio, identificar problemas colectivos, formular propuestas, negociar con sus compañeros, deliberar y hablar ante adultos con responsabilidad política o técnica. En resumen, son una escuela de ciudadanía.
Estos espacios tienen una doble dimensión. Por un lado, reconocen a los niños, niñas y adolescentes como ciudadanos y ciudadanas plenos, es decir, no como ciudadanos del futuro, sino del presente. Por otro lado, educan en la participación: ofrecen información, fomentan el pensamiento crítico, desarrollan la capacidad de reflexionar, argumentar, decidir y entender que los problemas colectivos requieren soluciones colectivas. Los temas que aparecen en los consejos lo demuestran claramente, dado que niños, niñas y adolescentes hablan de salud mental y bienestar emocional, cambio climático, espacio público, igualdad, discriminación, discurso de odio, redes sociales, convivencia, etc. Lejos de ser cuestiones menores y no relacionadas, son preocupaciones presentes en su vida diaria que atraviesan su presente y que se conectan directamente con la cualidad democrática de los municipios.
Sostener la participación: ecosistema, evaluación y corresponsabilidad
Participación como ecosistema
Sin embargo, para que esta participación tenga sentido, debe entenderse como un ecosistema y no como una actividad aislada. Los ayuntamientos tienen más poder cuando conectan escuelas, el ayuntamiento, los servicios públicos, las entidades, las familias, los espacios digitales y la administración local. Un proceso participativo no termina cuando los niños y niñas hacen propuestas; Debe continuar con deliberación, priorización, toma de decisiones, seguimiento y explicación pública de lo que se ha hecho, lo que no se ha hecho y por qué. Esta visión se conecta directamente con la necesidad de generar conocimiento útil para las políticas públicas. La participación infantil debe producir aprendizaje, evidencia y criterios para mejorar la forma en que las instituciones escuchan, deciden y les hacen rendir cuentas. Investigar, evaluar y transferir conocimientos forma parte de tomar en serio la voz de los niños y niñas.
"La participación de los niños y niñas debe producir aprendizaje, evidencia y criterios para mejorar la forma en que las instituciones escuchan, deciden y saldan cuentas"
Evaluar la participación también es tomársela en serio
Solo el último punto nos lleva a enfatizar que es necesario incorporar una cultura de evaluación. No basta con contar cuántas sesiones se han celebrado o cuántos/as han asistido. Tenemos que preguntarnos quién participa y quién queda fuera; si las metodologías son accesibles y seguras; si los niños/as tienen suficiente información; si sus opiniones llegan a espacios de toma de decisiones; si reciben una devolución; si las propuestas generan cambios en políticas, servicios o presupuestos; y si el proceso aumenta el sentido de pertenencia, la autoeficacia, las habilidades cívicas y el bienestar.
Un consejo de infancia y de adolescentes es más que un órgano consultivo, es una herramienta para que los ciudadanos influyan en sus condiciones de vida. Este impacto puede expresarse de muchas maneras: en cambios concretos en el espacio público, en la revisión de los servicios municipales, en la incorporación de la perspectiva infantil en los planes locales, en presupuestos participativos adaptados o en procesos de seguimiento que permiten comprobar lo que ocurre con las propuestas presentadas.
Para que todo esto sea posible, deben operar en condiciones que permitan desplegar su capacidad transformadora, no solo como espacios representativos, sino también participativos adecuadamente. Deben contar con un mandato claro, un calendario conocido, recursos suficientes, canales de retorno, compromisos institucionales verificables y mecanismos de supervisión pública.
La participación de los niños y niñas se basa en la corresponsabilidad
La corresponsabilidad implica generar un diálogo continuo y multidireccional entre niños, niñas y adolescentes, equipos técnicos, funcionarios políticos y el conjunto de agentes comunitarios que forman parte de la vida local. Cuando este diálogo está bien planificado, la institución no solo escucha y responde, sino que también incorpora la perspectiva de los niños/as en la forma en que diagnostican necesidades, definen prioridades, toman decisiones y las supervisan.
Los consejos infantiles y de adolescentes son una herramienta estratégica para fortalecer la democracia local y garantizar el derecho a la participación, pero para que esto sea así, es necesario cuidar sus condiciones: tiempo, recursos, metodología, inclusión, retorno, supervisión y voluntad institucional.
En el siguiente artículo hablamos de por qué la falta de participación ciudadana no se explica por una supuesta indiferencia hacia los y las jóvenes, sino por estructuras sociales que aún no abren suficientes espacios, herramientas o tiempo para ejercer la responsabilidad compartida.



